Tengo la vejiga ampliamente molesta, turbia y dolorosa. No me importa. Entre más ganas haya de orinar, más viscerales serán mis ideas incoherentes. (Si es que la incoherencia puede ser visceral y no neural).
La piel sudorosa regula las molestias, las divide, entabla equilibrio con el dolor de cabeza, con la nausea, con los músculos tensos. He decidió no tomar una sola pastilla más. Y entonces, no orino, no me muevo, no cesa el mareo y no voy a caminar. Cuanto descaro el mío, de poner en evidencia a mis preciosas y condolientes necesidades corporales. (Gabriel García Márquez dio un discurso una vez y aseguro que la palabra “condolientes” no existía, pero que le valía un coño porque necesitaba usarla y entonces la uso).
He decidido no descansar hasta que adivine el parecido de tu cara con quien o que criatura. Y decidí también escribir sola y si es posible también sin mí.
Hoy a las cuatro de la mañana alguien ponía en un mensaje para mí la palabra “Tú” a secas, sin imaginar la holocaustica bienvenida de recuerdos y anhelos que eso me iba a traer. (Es curioso como la palabra “recordar sea el contrario de “anhelar” y ambas puedan ser siempre usadas con el mismo fin en una oración). Recuerda como te dije que a los dos nos tocaba la parte más difícil; A ti dejar de recordar y a mi dejar de anhelar.
Por ahí en el móvil apunte una vez el numero de un cazador de insomnios. Pero no es tan eficiente como se creería, porque solo de llamarle viene la paz, se va el insomnio y se quedan aquí unas cuantas mariposas. Una solución ha de haber.
Le diré a papá que con hilos de plata, me teja una mosquitera. Así no habrá mariposa alguna que pueda molestarme, así podre llamarte y me espantaras el insomnio.
De cualquier forma cada vez son menos mariposas y más las cosas que me roban el sueño.
Voy a orinar, a quitarme la ropa y a dejar de sudar. Chau.
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