domingo, 13 de noviembre de 2011

46

El hambre sabe a nada. Te muerdes los dedos. La piel está ahí, ociosa como siempre, esperando que la alimentes, el contacto inocente, el borde explosivo de los dedos llenos de saliva. Esa piel. Si estuvieran expuestas las entrañas, estarían llenas de saliva, de idas y venidas de todos los dioses. Rompes el silencio, lo rompe la piel, el sonido ágil de las articulaciones que viene y que va. La piel también sabe como venirse. Caminas descalza, enciendes el cigarro. Empieza la canción y empieza a llover, afuera hace frio y el agua moja los rincones desnudos de tu piel. El humo, los gemidos de la música, el frio tembloroso que empapa la medula, resbala por el cuello, nada más que la lengua mortífera de dios lamiéndote la sien y las costuras. El aire se expande, baila cada vez más sensual entre tus piernas, gritas en silencio, contienes un solo temblor infinito, un suspiro escandaloso. La garganta se quema, la coca-cola se enfrió de más. Acaricias con la botella de vidrio tu espalda, te retuerces como espiga renegada. Bailas, te conmueve el agua que no pidió permiso para tocarte las nalgas, la cintura. Sientes la tierra mojada arder helada en la planta de los pies, el golpe necio del vacío en la entrepierna. Un solo escalofrió salado emerge de las uñas, recorre la carne hasta el último tendón de los parpados, la yugular se rinde, tú te rindes. Así es como debería sentirse tener la verga del diablo acariciándote los pulmones.

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