A Gabriela, días antes del nacimiento de la lucecita de su vida, Andrés.
Le brotaron del vientre una sonrisa y dos gotas de sal.
Las mujeres se ponen a parir nostalgias, a parir recuerdos.
Las putas no paren, ellas ríen, gimen como gatos,
se alimentan de semen, de caricias.
La mujer va a parir.
No sabe, ella no imagina el dolor de su carne hirviente,
el calor de sus muslos muertos, el sudor de su espalda inmóvil.
Ella tiene una esperanza creciéndole debajo de la leche,
ella se entrego y ahora entrega, casi muerta,
un revoltijo de carne y huesos de cartón,
sin dientes, sin pestañas, sin manual.
Hoy sintió un golpe inocente debajo de la piel,
eran caricias, rasguños ansiosos por abandonar
el hueco redondo lleno de jugo y miel.
El va a respirar el aire que ensuciamos, viene a limpiarlo,
viene a salvar el mundo de unas cuantas gentes.
Las putas no paren criaturas, paren fantasmas.
Las mujeres no lloran recuerdos, lloran deseos.
Ella va a parir anhelos, sueños que lloran de hambre
a las tres de la mañana, diluvios de alegría que
rien con ojos perdidos, con cabeza frágil,
con manos de mazapán.
Ella va a gemir con la vagina desnuda,
con la medula quebrada, con la frente febril.
Y va a olvidarlo.
Va a olvidarlo todo cuando
sienta su carne acariciándole la cara,
reconociéndola,
amándola,
necesitándola.
Ella sabrá que no hay dolor más dulce que el de parir.
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