Desperté con ese fastidio cotidiano de antaño y tuve miedo. Temí de mi misma y de ti y de los demonios, pero con todo y eso me metí a bañar y ni el agua azul que caía al suelo alcanzo a curarme. Cumplí mi rutina minuciosa; color en las pestañas, cabello en orden, abrocharme los tenis, meterme el acceso a la bolsa del pantalón. Salir de casa, subirse al bus de la empresa, encerrarme. Y ahí iba yo, metidota en mi planeta sustancial.
Bunbury me alegra siempre el camino a cualquier parte, así que por ese lado no hay queja alguna. Además, ir del lado de la ventanita mirando hacia todos lados como brotan del mundo las animas es asombroso y me da la impresión de que el mundo es un pequeño puercoespín.
Desde hace dos semanas hago lo mismo cada noche, de lunes a viernes. Me bajo del bus a las once con treinta y dos minutos, me entretengo un rato antes de entrar y vengo firmando mi entrada a las once con cincuenta. El pequeño bip que emite el acceso cada vez que entro a algún lado me tenía satisfecha al principio, ahora apenas y lo escucho. Llego a mi zona de trabajo y ahí está siempre ese sujeto de hermosas facciones sentado a unos pasos de mí, me mira, sonríe y nos saludamos como en un proceso de lucidez borrosa. Al parecer soy afortunada, porque el tipo no se digna a mirar a ninguna mujer. Lo que nadie ahí sabe es que en realidad no soy una mujer propiamente dicha. Debería explicarles que soy un amasijo de huesos y pólvora que apenas y toman forma un minuto y al siguiente están haciendo ¡Bang! con una explosión decidida y meticulosa.
Entonces, las siguientes seis horas se abalanzan sobre mí como una maraña de olas gigantescas, una guerra acuosa que hasta ahora he librado bien. Los demonios al ver que no hay tiempo para sus caprichos deciden quedarse en casa, esperando que al volver tenga tiempo para ellos, cosa que no sucede porque a las siete de la mañana lo único que quiero es dormir.
A ti no puedo dejarte en casa. Te llevo conmigo a todas partes para tener menos miedo. Hasta ahora eso no ha dado muchos resultados, pero te sigo llevando, como un amuleto prodigioso que no merece mancha ni rasguño alguno. Y como no hablo con nadie en mi corto turno de seis horas, a veces me pongo a enumerarte mientras mantengo el orden impecable de la sala de urgencias. Me gusta imaginarte, dibujarte, decirte las cosas que aun no sabes, trazarte un nuevo camino hacia tu encuentro, recopilar tus flores más bellas y tus más preciosos tormentos y darles forma entre tinta y suelo.
Inevitablemente tengo dibujada una sonrisa celebre cuando pienso en todo eso. Y podría asegurar que entre mis costillas, suena estrepitosa una carcajada cada vez que me pongo a recordar todo eso que alguna vez hicimos. No quiero pensar en las miserias que nos consumen, pero a pesar de no querer, las pienso. Y entonces siento como si estuvieran formandose nuevos demonios en medio de esa atmosfera con olor a alcohol y a hidroxocobalamina. Y es ahí cuando intento borrar todo eso y me voy por el trapeador y me pongo a limpiar esos pisos como si con ello estuviera limpiándome completa el alma. No es cierto, ya lo sé, pero de algo ha de servir.
No ha habido un solo día desde que no estás en que no me asalten los fantasmas. A veces lo resisto, pero otras es imposible no ceder. Y es ahí cuando intento sacudirme el alma y no llorar y me pongo a buscar algo que hacer. Total que en toda la noche no paro, porque detenerme un segundo es darle espacio a los fantasmas. Total parcial; Te quiero.
El fin de semana fue sumamente interesante. Primero que nada porque por fin termine de hacer aquello que empecé desde que te conocí. Y ya con el cabello teñido, en un intento por alejarte de mi neura aun que fuese un par de horas, me vestí alegre y coqueta y me fui a pasear. Corrí al encuentro salado de aquella musa que tanto nos cautiva a ambos. Uno, dos, tres y el humo espectral empañaba los primeros golpes trémulos de mi inconsciencia.
Desgraciadamente mi intento por borrarte fue inútil, porque los siguientes golpes me llevaron a un absurdo pensamiento que ya no me pude sacar; no es lo mismo si no estás tú sintiendo los golpecitos a mi lado. Entonces me puse a revivir aquella noche en que me sentí completamente feliz, con el oído pegado al borde de tu corazón, con tus brazos encima y todo tu legado novedoso de búsquedas y encuentros.
Sin embargo, tuve que regresar de inmediato a mi misma para ir en búsqueda del par de criaturas que me acompañaban. El temor y la locura desbordaron y entonces me ocupe de todo, menos de ti.
Es estúpida la forma en que termino hablándote a ti de ti mismo en todos lados. Debería bastarme con tener el mismo sueño incoherente todos los días, desde hace semanas, en que apareces y te digo eso que solo tú sabes, por ser tuyo.
Al día siguiente de eso, con el humor alterado decidí ir en busca de lo único que me hace estar bien. Y así fue como horas más tarde, un trió de locos esperaba tras la puerta, listos para lo que sea que fuéramos a hacer. Es inexplicable como en tan poco tiempo ese montoncito de niñas masculinas me haga un poquito olvidar.
Total, que intente borrarte. Pareciera ser lo único que hago. Ando por ahí intentando, buscando formas, evaluando maneras. Pero nada parece funcionar. Existes en cada mililitro de aire que ventilan mis pulmones, existes en pasillos, en agujas, en espejos, en aromas, en cristales, en silencios, en azules, en tinta, en silla, en caricia, en cama, en mujeres, en abrazos, en recuerdos, en deseos, en lagrimas, en sales, en acido, en paraguas, en blasfemias, en bondades, en azúcar, en cartón, en uñas, en sabanas, en cigarros, en abismos, en las musas, en mi cuello, en mi boca…existes en mi jodida boca que ya no tiene nada de ti, existes en mis manos tercas que no se conforman con ninguna piel, existes en mis ojos que te forman ahí donde no estás, en el móvil que solo está ahí para llamarte, en el gesto de sonreír y en el de llorar, ahí también estas.
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