domingo, 13 de noviembre de 2011

Cuatro de enero

-Quédate conmigo-

-Nunca- me dice el sinvergüenza encendiendo un cerillo y acercándolo a la pipa de madera celeste.

-¿Por qué?- Le digo piadosa, abnegada, farsante.

-No me bastas- e inhala dos o tres veces mientras yo observo como enciende el interior de la pipa y lo inunda todo de ese humo lechoso, suavemente.

-Ni te voy a bastar nunca. Tú no tienes llenadera, cabrón- Le digo tocando mis dedos uno por uno, riéndome de él, que se ve como si lo hubiera lanzado al agua y tuviera alrededor ondas de agua móviles y concéntricas.

Me revuelve la carne de la espalda, hace como que me abraza y no, se me queda viendo y se ríe con el cinismo compasivo más galardonado de todos los tiempos. Le doy la espalda, camino un rato, guardo silencio. Vuelvo a besarlo. Se vuelve a reír.

-Ni siquiera tenemos química. Ves-

-No sé. No debería importarte, estas solo de todas formas.- Y le paso la caja de cerillos, esperando que encienda de nuevo la pipa y se empiece a callar. Me gusta escarbar en su cabeza, encontrar la verdad, ver que siga ahí, cruel, dura, criminal. Pero no me gusta cuando se pone a cantármela como canción de cuna. –Ten, préndela-

-¿Tú quieres?- Me dice extendiendo la pipa sin coger los cerillos -Yo no, acabo de fumar. Mejor hay que esperarnos- Y acorta de nuevo el brazo, sin darme la pipa, sin decir nada más.

Me quedo callada, configurando acentos extranjeros, pensando en alguna tontería que pueda decirle, algo que lo saque de su sopor, de su tristeza de siempre, tan solo por un rato. Se me queda mirando, se quita los lentes, los observa, esconde la cabeza debajo de la almohada y pone las manos en la cama, a un lado suyo y me dice –Ven-. Naturalmente me acuesto a un lado de el, caigo rendida, como si el cansancio que siento fuera verdadero. Me abraza con el brazo que tiene libre, me aprieta contra su pecho, me acaricia los dedos de la mano.

-Siempre me ha latido muy fuerte el corazón, ¿Sientes?-

-Sí-

-La conexión que tengo contigo es muy especial, espiritual, mental, intelectual. Contamíname así-

-Sí- Y aprieto los dientes, la sien, el corazón. No voy a ponerme a suplicar, ni a llorar, quizá a reír.

-Lo disfruto como no imaginas- Y me aprieta más fuerte contra su esternón –¿Te he contado que se siente estar feliz? Así me siento ahora- Y me acurruca con la fuerza que le queda. Y no me asfixia.

-Tengo que irme ya- Digo mientras paseo mis dedos en los suyos, en el acto hedónico más puro de la noche.

-Voy a sacarte del mundo ese que ya no te gusta. ¿Quieres que te saque? Si, voy a hacerlo- balbucea convencido, hablando con el mismo.

Y nos vamos. Guarda la pipa, los cerillos, dispersa el humo. El perro ladra sin misericordia ante mi desconocida carne –Ya se impondrá- piensa él, pero no lo dice. La carretera transcurrió en el silencio de siempre, pero en ese entonces no era si no el primer silencio de todos los que vendrían después. Lo bese, como un beso de costumbres retardadas, de despedidas inconscientes, de dolor metamórfico. Sigo sin saber que fue lo último que balbuceo cuando baje del auto.

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