Una cajita de cerillos. Una, dos, tres. De nuevo una, dos. Y se enciende la luz. Una y dos más y ya no me pertenezco. La contemplación del fuego es asombrosa. Un ir y venir de cuerpos invisibles revolcándose en las brasas, avivando la perpetuidad de las llamas, eyaculando humo encima de todo ese calor inagotable. “Enciérrate, no estamos aquí”. Es fácil obedecer una orden que ya de por si queremos ejecutar por voluntad propia. Ni siquiera hace frio. Crece y se agota, en medio de risas lejanas, en medio de un cortejo vulgar, de un romance miedoso, de cigarros sin fumar.
El beat, lo siento. Ese polimorfismo de sonidos coagulando encima de mí. Un ir y venir de ondas sonoras totalmente visibles, un pequeño espasmo en la espalda, ninguna proyección. Atemporalidad. Dominio total de mis recuerdos, de mis horas, de cada instante en que, con suerte, respire. Todo a la basura. Justamente lo que quiero. Todo al diablo. Un sistema vacío. Ni un solo recuerdo, ni una sola imagen, nada. Ya no soy nada. Apenas existo sentada inmóvil frente a la fogata que las gentes a mi lado avivan con tanto fervor. Un montón de hojarasca se desvanece preciosa en medio del fuego, un pequeño desfile azul arde encima de la madera húmeda. ¿Será posible que al fuego solo lo consuele el existir? Crecer, avivarse, seducirme, romperse, alinearse, ¿es esa su finalidad?
Un eco suave interrumpe la danza de las llamas para ofrecerme un cigarro. –Acepta- dice mi personalidad en turno y yo no hago más que obedecer.
Tengo la medula más maleable de la tierra. Baila y se retuerce tan hedónicamente dentro de mi, que incluso aunque me quede quieta logro sentir ese escalofrió delicioso. Y ahí está el beat, lo siento. Un escenario perfecto para las cosas que pienso.
¿Dónde deje los recuerdos? Me urge encontrar uno ahora mismo. Solo uno. Sé que alguna vez soñé algo ¿dónde está? En medio de esta neura desechada, ahí estaba. Lo encontré. El sueño de esa noche. El sueño que cuando desperté no recordaba tan plenamente. Y me dispuse a ejercer la onironautica. Es un regalo encantador poder elegir los recuerdos de esa forma.
Un sueño, inevitablemente trae consigo otros más y una nube de recuerdos de la que quizá no se escape uno fácilmente. Sin embargo, lo logre. Seleccione solo los instantes precisos y abandone lo demás.
Y la danza salvaje de las llamas me seduce cada vez más, un movimiento furtivo que al tocarme, funde mis abismos con el plasma ardiente de sus entrañas. Otro cigarro, una negativa. Silencio. Ahí está el sonido móvil, lo siento, ataladra mi pequeña sensación de vacío, llena una lata de “recuerdos” con un montón de ir y venir de sonidos. Un único deber existe ahora; no recordar.
Y el oxigeno que envuelve mi anatomía me golpea la piel molécula a molécula. Traspasa el límite textil y encuentra mi carne tibia, la posee, la embruja, la cura de la asfixia aterradora que sufre hace días. Una personalidad cautiva le grita a otra en medio del manojo de neuronas que se dedique a sentir. Obedezco. Cinco, cuatro, tres…dos.
La cajita de cerillos. Uno, dos, tres. Es suficiente. Ahora vamos a jugar con los recuerdos. Reacomodémoslos todos a placer. Y me sacude un temblor suave, una especie de miedo cuando tú recuerdo impedido se sube al escenario sin ser llamado. Entonces ejecutas a la perfección tu papel impresionante, cada silaba, cada gesto. Me siento entera y me siento capaz de volverte mío, siento que he recobrado todo lo perdido. Una fuerza indestructible se apodera de mi, me vuelvo intocable. Desapareces.
Entonces empieza la función, todas las mascaras, las personas, el gran teatro del mundo. Recuerdos. Una soledad frágil, un cuerpo de papel destrozado, ceniza en la cual es imposible renacer. Ahí estas otra vez. Me ayudas a formular una conversación conmigo misma, me acompañas mientras escribo una carta a todas mis catástrofes. Te vuelves un fantasma que no me deja sola ni un momento. Y no quiero llorar. Y no lo hago, porque mi piel está teniendo una guerra pasional con la atmosfera, no lo hago porque el sonido esta acariciando mis pupilas, porque mi medula tiembla con una electricidad riquísima, no lo hago porque elegí que sueños recordar, elegí que escenario montar, que mascaras, que tinta, que vestidos coloridos. Elegí pensar, vaciarme, rearmarme.
Una jauría de locos se mueve a mí alrededor, con romances concretados, seducciones lascivas, hambres saciadas. Un par de minutos y el fuego se reduce a cenizas. Otro cigarro, fin de la función.
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