domingo, 13 de noviembre de 2011

De la caricia al humo ¿Cuantos dedos?


¿Cuál es tu cliché favorito?

Fumar.

Jesús Alberto Carmona Robles.

Llene de humo el espacio contenido en mis cuatro paredes. Voy a comerme tus doscientos huesos. Metí mi mano helada debajo de la blusa, les di a mis dedos un paseo descomunal por mi cintura añeja. Podría jurar que ese ha sido el mejor cigarro y el mejor paseo. Podría jurar que estoy muerta o que así va a sentirse la muerte. Yo no tengo pupilas. Tengo un par de agujeros negros, sollozantes, que palpitan igual que un corazón podrido de latir. Cada rincón de mi carne tiembla, pervertida y limpia, como un dolor cansado de doler, una cicatriz cansada de sanar, un diluvio cansado de llover. Aquí adentro hierve toda sangre, iluminando las sabanas desde adentro. Tengo la yugular más acida de todos los tiempos, el hueco de la clavícula caliente, sin saliva, sin una boca que lo asfixie con su lengua ávida, con sus caricias silenciosas. No importa. A un lado de mi lo terrenal se revuelca como una gata en celo, asquerosa, suplicante sin nadie que preste atención a su magnífica indecencia. Yo quiero de la carne; mi carne, del sonido; mi silencio, de mis pupilas; el vacío. Quiero tener sed, como la de ayer, andar con pies descalzos a donde el agua, beberla hasta mojarme. La savia amarga de mi cuerpo fluye, tibia, por entre mis piernas, debajo de mis rodillas, detrás de mis muslos flacos. Se inunda el cuarto con la claridad del humo que se va, con el esmegma fantasma de un monstruo sin cuerpo. ¡Que delicia de sequedad tengo metida en la boca! El árido sabor de la sed, del azul, del nunca. Toco las plantas de los pies y hago un escándalo con mi sonrisa, esa sonrisa que guardo para las tres de la mañana donde locos y putas conviven alegremente. No es nada, no te asustes. Ocurre que hemos tenido un solo orgasmo mi cigarro y yo.


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