domingo, 13 de noviembre de 2011

Un, dos, tres por todos mis demonios y por mi

Desde hace tres días traigo un demonio metido en las costillas. Otro demonio trepado en la espalda. Otro, encima de la cabeza. Y no me dejan dormir. Se revuelcan entre ellos, siempre encima de mí y celebran sus orgias siempre adentro.

Sin nada que pueda anestesiarme más que yo misma, busco los dibujos animados de mis entrañas. Voy a divertirme con mis enigmas. Voy a inventar un mundo que se haga verdadero. Voy a sumergirme más en este coma del que no quiero despertar. No voy a buscar soluciones. Una huida a tiempo, o si no me llevaré una nueva decepción (Bunbury siempre tan oportuno).

Ayer quise decir “basta”, renegar ya por completo, agotar el abismo, dejar de estar perdida. Pero los demonios antiguos conspiran junto a los nuevos y ganarles parece ya imposible. Al final el problema seré yo. Seré tan ajena a mí y entonces van a expulsarme de mi propio cuerpo.

Me acaban de dar ganas de un nocaut irresistible de poesía nocturna. Buscarle entre las yagas a Horacio, volver al huso de las haches, sentir el dulce dolor caliente en el cuello, en el vientre, temblar como tiemblan de frio las manos, sentir estremecerse los muslos, amanecer con resaca, con piel viciosa, con delirios de hedonismo.

Tengo una semana sin poder dormir. Y no es que no quiera. Es el cuerpo, el jodido cuerpo lleno de minúsculas convulsiones de ansiedad. Una angustia que oprime el pecho, que limita la respiración. Es el terror, es la asfixia, es el delirio permanente acosándome los rincones descocidos. Acabo con el cuerpo magullado, inservible y dormido, sin recordar en qué momento la calma incidental resulto victoriosa. Y despierto como siempre, quizá agradecida, quizá molesta por haber sobrevivido una noche más a mi misma.

Yo no puedo jugar así con las piezas monocromáticas del tablero. Quise intentarlo, quise dejarme seducir por las manos de la resignación, levantarme y seguir. Pero no es esa la forma en que me fue dado hacer las cosas. Imponer el bienestar ajeno, antes que la propia satisfacción; una forma estúpida de hedonismo. Cultivar los pequeños placeres, el último refugio de toda mi complicación.

Un día voy a desaparecer. Y no va a extrañarme nada. Quizá tampoco nadie, que mejor. Un día voy a cansarme tanto que me levantare de la cama decidida a despertar.

Pero es de noche, hace frio y fiebre. No hay nada. Voy a probar hacer las paces con mis demonios.

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