Voy a sentarme en pedacitos de cemento.
Derramare mi saliva en el cáliz de tu ombligo.
Le daré a la luna un nombre nuevo cada noche,
amordazare mis manos sin fiebre, fecundare tus ríos sin noche,
apagare tu gemido ahogado.
Voy a deslizarme furtiva por los rincones de tu piel salada,
me esconderé en las líneas de tus manos, beberé el sollozar de tus latidos.
Volar es quedarse pegado a la tierra con un cuerpo tibio encima,
es la danza oculta de los miembros imperfectos,
meterse en las fauces de la noche desgarrada.
Y la garganta incapaz de emitir juicios corruptos,
la espina sumergida en el dorso incapaz de someterse a la quietud casta de la gravedad.
Llego el momento de suprimir los vicios de la lengua
y arrancarle los vestidos a la lujuria,
de acoger el animal impulso y darle hogar en medio de un par de muslos sin tregua.
Intoxicarse de blandas heridas,
protagonizar una batalla primitiva hundida en la leche de la tierra.
Hay que probar la dulzura fértil de tu libertad.
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