domingo, 13 de noviembre de 2011

Que me perdone Cortázar

Para Alejandro.


Dices basta y te echas con la panza al suelo a imaginar tu vida perfecta.

Te dibujas en París, caminando con un paraguas descompuesto bajo la

lluvia de abril. Te miras tomando ese café tan estereotipado, fumando un

cigarro cliché de cliches, leyendo a Rimbaud o a Monterroso, llenándote

del blues que suena sin sonido en la Rue de Huchette, con gente yendo

de un lado a otro sin más finalidad que la de formar parte de tu atmosfera

perfecta, sin vacio, sin soledades, sin angustias.

Y un día ahí estará, por fin, búsqueda de búsquedas, eslabón perdido en tu

propia cadena evolutiva. Y ahí estarás tu, protagonizando tu propia película

cursi, clásico escenario flamable lleno de sueños realizados y magias insolubles.

Y vas a vivir feliz por siempre, borrando todo este mapa de conjugaciones que

fuiste obligado a completar. Eliminando de una vez y por todas las huellas que

te fueron tatuadas por error.

Revisas el correo, subes la escalera, deliras con postales, tomás siempre más café,

fumás siempre un poco más, hasta que vives con la barriga en el suelo, imaginando.

Entonces desesperas y quieres dejarlo todo de veras, aunque sabes que lo mismo

es en Paris o en Buenos aires, al final tendrás que despertar de la misma cama,

quitarte la misma pijama, bañarte bajo la misma regadera, usar los mismos zapatos,

salir y caminar por la misma banqueta, tomar el mismo bus que te lleve a la escuela,

escribir siempre con la misma mano, no poderte quitar los mismos ojos con que ves

las mismas cosas todos los días, sabiendo que a cada instante comienza una nueva

gran equivocación.


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