viernes, 11 de noviembre de 2011

Ramona

Yo no sé porque pinchis tuviste que morirte, Ramona.

Y vienes aquí, a verme hacer la tarea. A cobijarme en la cama, a apagarme la luz. Estas tan muerta abuelita, que me da risa tu muerte, tu cuerpo hecho polvo, tu recuerdo flaco.

Y me haces la misma falta que una bicicleta a un pez. Pero te sigo anhelando porque no te llore y no se me olvida. Y te apareces cada vez que papá prefiere tu recuerdo que mi porvenir, para decirme que es más tuyo de lo que va a ser mío, presumida, cabrona, compulsiva, enferma.

No tengo ni uno solo de tus vestidos, ni uno solo de tus cepillos, ni una sola de tus arrugas. Tengo tu nariz y tu frente, cálido recuerdo de una imagen que jamás vi.

Pero tenias que morirte, Ramona, para enseñarme que la palabra más tierna es "puta", para enseñarme con el dulce eco de tu ausencia que la libertad es una cárcel y que Electra tenia que llorar por un Edipo permanente.

Tenias que morirte porque estabas equivocada, creyendo en el cielo limpio y puro. Porque tenias que descubrir cuanto antes que no existe ese paraíso en que creías y retornar decepcionada a la gran centrifuga de átomos y luz que es el mundo.

Y no voy a llorarte tampoco hoy y ojala nunca. Porque no te tuve cuando quise y en cambio te quise cuando pude. Estas mejor muerta, abuelita. Ramona definitiva con tus ochenta y tres años de presencia, con tus trece años de muerta, con tus pocos años de resurrección.

Yo no sé porque pinchis tuviste que morirte, Ramona.

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