Al Dr. Daniel Castillo.
Te estás volviendo viejo, Daniel.
Y te haces el sordo, mientras enmudecemos tu vejes milenaria.
Vienes aquí, nos iluminas, nos embelesas con tu vos de cuenco partido,
de azúcar solitaria.
Nos desnudas el alma y te arropas en ella, te conmueves del dolor, del hastío, del polémico amor.
Haces como que no nos conoces y nos saludas y nos moja la suerte de tu cordialidad y por debajo de la lengua te entregas, bebes del mismo sol caliente que bebemos todos, encantados.
Estoy metida en el bus y empieza a oler a chocolate, a sudor, a jarabe para la tos. Y yo me concentro y me pregunto ¿A que hueles, Daniel? ¿Que anima te posee que no te deja mezclarte con los de tu estirpe callejera? Qué te obliga a andar como mortal, sediento como andamos todos, también obligados. Que te hace tan lejano y distante, con la calentura repartida de tus años, con el hielo de la cultura llorándote por los ojos.
Tu estuviste muy vacio alguna vez, atrévete a negarlo, cabrón. Tan vació que en tu afán por llenarte ahora desbordas.
Tan vacío que me estoy ahogando para darte un final que te impresione. Pero no puedo ni te importa. Se me escapo el duende de los dedos y me tengo que bajar del camión, Daniel.
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