A Lili.
Quiero llorar ¿Cuánta ternura fracasada?
“Me voy a emocionar por ti” te dije. Y mira que lo estoy haciendo. Tengo un drama infinito aquí adentro, un nudo grotesco en la garganta, un dolorcito en el esternón.
Pensé en escribirte muchas cosas, pero luego me di cuenta que sí hay cosas que no han sido dichas, es precisamente porque no hacen falta ya o quizá nunca hicieron falta y por eso no las dije. Es todo.
Quería enseñarte tu primera catarsis (la primera que te conocí). Eso que escribí en tu ida y vuelta del diciembre antepasado, cuando aún tenía sentido desear que fueras mío. Pero volví a leer todo aquello y no quise aburrirte.
Quería darte unas canciones, unos poemas, toda esa luz. Pero uno aprende que no tiene caso estar dándose a cada rato.
Solo sé que quiero escribirte, solemne y tibia, quizás para desearte suertecita, quizá para decirte lo ridícula que me siento extrañándote anticipadamente aún cuando solo estés ausente sesenta días. Quizá solo lo hago para que cuando leas el primer renglón te des cuenta que sí te escribo, es por una única causa lógica y natural.
Y ahora voy a decirte, oficialmente, que te deseo unos sesenta días hermosos. Que espero con el alma en los labios que por fin encuentres esas gotitas de luna que necesitas para dormir en paz todos los días. Que no hay nada que me guste más que verte contento y que por cada gota de sal que (sin ser culpa tuya) tuve para ti, me diste una nueva alegría que atesoro en un álbum inagotable de nostalgias.
Ahora lo único que quiero es que conste, que quede claro, que cuando leas esto sepas que yo hubiera hecho cualquier cosa por esa vida tuya que tu das por acabada, que yo hubiera dado cualquier cosa por prolongarte una y mil veces la sonrisa. Ya no porque me amaras, porque hace mucho supe que eso era estar pidiendo mucho, si no solo porque supieras que yo estaba ahí, para ti, y que me extrañaras a veces, o me pensaras cuando menos y entonces me llamaras para decirme cualquier cosa que me alegrara el día y me hiciera mínimamente feliz. Y fue pasando y me acostumbre. A tus mensajes oportunos, a tus reveces y sin razones, a tus explosiones silenciosas y a tu constancia lenta, que se apodero de a poco de mis días y mi espera.
Me conforme con amarte mientras me desenamoraba y así fue quedando solo la costumbre implacable de esperarte. Y después vino, como estaba escrito, la resignación acida de tu escapismo, de tu ausencia eterna, de tu presencia que en ocasiones no hacía más que molestarme por no ser justo como yo la quería.
De una vez quiero admitir que ha sido un placer amarte así, esperarte, llorarte, aborrecerte, disfrutarte, celarte, entregarte, oírte, tocarte, mirarte, olerte, escucharte, sentirte. Comprendí ya que algunas personas solo aman una vez y que yo llegue tarde.
Y no puedo decir que lo he perdido todo. Porque mientras yo le pedía día tras día a mis dioses mundanos que me entregaran tu corazón podrido de latir, tú me dabas un poquito de tu esencia, un poquito de tu alma, un poquito de ti. Y entonces me doy cuenta de lo hermoso que ha sido todo este recorrido mágico contigo, mi amigo.
Dice Cortázar que un puente no se construye de un solo lado. Tiene razón. El amor que te tengo no sirve de puente.
Quiero contarte que voy a extrañarte mucho, que voy a acumular experiencias que al final acabare por no contarte porque habrán perdido sentido. Quiero platicarte que no la vamos a pasar bomba tu ausencia y yo, esperándote. Aunque sea en vano (Porque siempre es en vano esperarte).
Quiero contarte, ya por último, que tienes el deber casi constitucional con tu patria llamada –amigos- y más específicamente con tu micro-patria llamada –yo- de volver renovado y lleno, curado de males y sustancias toxicas. Que importa si no es para mí, eso ya lo sé, ya no me preocupa, pero que vuelvas bien, para ti. Para poder ser feliz solo de verte completo.
No olvides escribir dos renglones sobre mí, en algún capitulo de poca importancia.
Viaje bueno.
Angélica.
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