Yo quería dormirme en el suelo que esta inmediato debajo de la cama. Era la forma más fácil de ocultar la locura, porque pude haber dicho –me caí- y así no habría ningún problema, solo unas cuantas risas. Pero me dormí más lejos de la cama y ni siquiera me di cuenta.
Camine de la cama al espejo, recuerdo bien, luego dibuje en una esquina las sombras de mi cara, me vi los ojos huecos, y camine a la cama otra vez. Subí los pies al escritorio y se cayeron unas carpetas, no las levante. Esculque los bolsillos de mis pantalones, me arrodille a buscar una ajuga que cayó al suelo hace días, hasta que la encontré. Me levante, la puse a un lado del ropero, di media vuelta y me fui directo al rincón donde están pegadas las fotos y los tickets del teatro, les eche un vistazo, gire en las puntas de mis pies, me tumbe en el sillón.
Entonces me sintió desde lejos y se fue acercando, sigilosa, la mala sustancia, carnívora y animal. Entro por los pies, tenso los músculos de las piernas y estremeció el cuello con una cosquilla helada. Sacudió el estomago, llegó al punto donde podía adueñarse del control y justo ahí, donde acaba el corazón y empieza el vacio, pervirtió el movimiento de mis arterias y envió señales incorrectas a cada neurona nauseabunda. Eche los brazos hacia atrás, porque el cuello estaba poniéndose tenso, sentí un golpe venir desde adentro de mi vientre, tan seco y tan duro que no parecía que la dueña de toda esa fuerza era yo. Quise vomitar las entrañas, me doble en dos, caí del sillón, patalee los cojines que estaban en el suelo y me arrastre hasta mi sitio cómodo en el suelo, debajo de la cama.
Había más dióxido que oxigeno, intente no respirar pero fue imposible, me partía en cuatro el miedo de dejar de hacerlo. Me agite, deje de inhalar para comenzar a gemir y retorne a la posición inicial de mi existencia. Como criatura en el útero de su madre, deforme mis vertebras hasta quedar sumergida en el liquido amniótico que imagine para la situación. Fue en vano. La mala sustancia se apodero de mis manos y las lleno de una ira tan fuerte que destruyeron la sabana que arrastre hasta el suelo. Escuche el sonido de la tela romperse y creí que iba a ser suficiente, pero no basto. De nuevo con las manos energéticas busque la carne blanda de mis brazos y hundí los dedos con tanta fuerza que un hematoma con la forma de mi mano relucía al día siguiente en cada lateral descocido.
Me levante del suelo y quise dibujar cualquier cosa en el espejo y no sirvió de nada, nada tenía forma, nada podía ver. Intente arrancarme la piel de la cara, sin éxito, sin dolor. Apreté los dientes y me senté en el suelo, a esperar que apareciera otra vez. Y así lo hizo. Me mojo la espalda y retorció cada musculo de mi anatomía dorsal, transfiguro mis hombros, mi pelvis, mi nuca, las orbitas de mis ojos. Revolvió mis viseras dentro de mí, apuñalo una a una mis venas, me desangro desde adentro, me baño de dolor. Otra vez me sacudió, sin pausa, me decía al oído cosas que no podía entender y se callaba solo para dejarme sentir las bocas lejanas que venían a reírse de mi. Todos comenzaron a hablarme con su vos de infierno congelado, se mimetizaron aquí adentro donde nunca los vi y esa noche brotaban de sus escondites fáciles a mirarme, a chuparme el miedo, a escupírmelo a la cara.
Comencé a llorar. Un llanto caliente me corría por la cara, abundante, espontaneo. Como si la sangre molida buscara su cauce y fuera esa la salida más próxima que encontró. Empecé a rendirme –Ya no quiero, ya no- y abuse del cliché de la locura para ponerme las manos encima de las orejas y balancearme sin pensar. Tenía miedo de seguir oyendo, de seguir mirando, de que no fuera a irse jamás. –Dile que se acabe, ya no quiero- Repetí eso una y otra vez, retome mi posición fetal, me deje caer al suelo, cerré los ojos, no paraba de llorar.
-¿Qué paso?- Escuche de lejos a mamá.
-¿Eh? ¿Por qué?- Le respondí apenas abriendo un poco los ojos, mirándola confundida. -¿Cómo te fue?- Le pregunte.
-Ven, levántate. Te he dicho que no te duermas tan tarde, mira nada más el desmadre que hiciste- Me dice señalando el espejo rayado, el agua en el suelo, los cojines tirados, los papeles nadando por todas partes. –Acuéstate, te deje un papel en el refrí, no se te olvide que a la carne le pones solo una y media de sal- Y salió del cuarto, acorazada y tibia.
Me subí a la cama, apaleada y desecha, abrí un poco más los ojos e intenté encontrarle forma a la yo del espejo, a la yo dibujada y luego palpé lentamente a la yo real. Ahí están los moretones ¿Qué paso? parece como si hubiera parido dos criaturas anoche. Todavía me quedan dos horas para dormir, una y media de sal, que no se me olvide.
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