domingo, 13 de noviembre de 2011
Carta a un jovencito que todavía no volvía de París
Te extraña mi sombrero, mi cintura, mis vestidos. Te extraña la blusa que me quitaste alguna vez. El canal que va de mi cuello a mi ombligo y que solo recorriste una noche cientos de veces. Te extrañan mis ojos que miran y miran un sinfín de objetos casi inanimados, mis manos que acarician otro pelo, otra risa, otro color. Te extraña mi espejo que ya no me mira arreglarme para ti, mi pelo que no siente tu mano acariciarlo, mi nariz que recibe halagos que nunca vienen de ti, mi boca que no tiene que boca desear. Te extraña mi alma, esa alma que te cogías sin pensar en su dolor o su infierno. Te extraña mi abrazo repartido a multitudes en que no te encuentras, mis nervios de esperarte, mi fe de que vinieras. Te extraña el móvil que vibra sin sentido para restregarme que puede ser cualquiera, menos tu. Te extraña mi vos, que no pronuncia tu nombre para dirigirse a ti, mis piernas que no caminan al consultorio. Te extrañan mis oídos que no perciben tu voz, mis letras que olvidan como escribirse si no me estrujas el corazón a cada instante, ignorándome o echándome a andar lejos. Te extraña mi esperanza inútil, mi ilusión absurda, mi fin de semana feliz. Yo no, ni se te ocurra pensar mal de mi.
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