domingo, 13 de noviembre de 2011

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Sistemáticamente me bañe en el mundo hogar, me vestí en el mundo alcoba, tome el bus en el mundo calle y me envolví en mi mundo (mundo). Y llegue como siempre más radiante que nunca. El cabello azul que se puso de un azul pastel tan rizado y sorprendente, la camisa completamente masculina encima de mi espalda completamente femenina, las pestañas, lo niña, lo laboral, el acceso, las seis horas, el saludo, la desgana, el hasta luego, los buenos días, el mareo, el trauma, la sala de urgencias, la luz roja, el almacén y un minuto de silencio por el ocio que está a punto de morir.

Un montón de conferencias clandestinas y una cita en la clínica para las cuatro. Y así empezó la noche más larga y más anhedonica de estas tres semanas de correr y de alcanzarme.

Una vez, por ahí de mis trece, escribí un pequeño nosequé en un par de páginas, donde una niña estaba parada delante de un cristal que tenia tras de sí a un hombre. El hombre la miraba atormentado y la niña solo sentía una infinita piedad por el pobre sujeto gris. Yo era la niña en aquel entonces, seguramente.

Hoy comprendí que la fe es justamente eso. Uno sabe que existe un dios bueno y generoso en algún lado pero no lo encuentra. De pronto un día despiertas y dices “Caray, ahí está dios, detrás de esta puerta que no he cruzado” Y ves que dios les da dulces a los niños del otro lado de la puerta pero no la cruzas, a pesar de todo. Cuando tengas fe, atravesaras esa puerta y podrás comerte todos los dulces que quieras (y no tendrás caries porque dios también es dentista el muy cabrón). Hoy comprendí que ahora dios era la niña piadosa y yo el hombre gris atormentado detrás del cristal. Pero no cruce.

Tomando toda el agua que me era fisiológicamente posible, llegando al comedor exigiendo una tonelada de piñas tan diuréticas como me fuese permitido y buscando una forma efectiva de que dios me diera un dulce sin tener que cruzar la puerta, me rendí. Comencé (mejor) a inventar excusas, a buscar salidas, a rendirme de verás; si por un par de noches de humo de leche tenía que pagar con la desilusión materna un par de meses más, me disponía a soportar.

Y entonces dios me regalo un chocolate, de esos tan exquisitos que hasta ganas te dan de guardarlos para después. La vacuna contra la jodida influenza era todo lo que significaba esa cita a las cuatro en la clínica. Y a salvo un milenio más de esos análisis Anti.

Que efectivo ha de ser hacerle caso a la pequeña regla general que dice que todo tiene consecuencias y a la regla particular que dice que todas las pequeñas desobediencias a la propia moral deben pagarse con noches de tormento culpable.

De ahí en más, el sujeto ese de cabello rubio y largo no deja de envenenarme el pasado con sus ojos de aguja impecable. El suelo cada vez se ensucia menos y el orden cada vez me aburre más. Hoy voy a empezar con los electrocardiogramas y a terminar con los letreros de “tu salud es primero” en vez de comenzar con el suelo y acabar con los espejos. Y así, la rutina se rompe un poquito en lo que se me ocurre como ahogarla definitivamente.

Y entonces, en lo que intentaba despegar un cartel que decía con enormes letras amarillas “Conoce usted los síntomas de la diabetes mellitus” a la enfermera se le ocurre preguntarme que si está en mis planes continuar en la medicina. Lagrima viva, muerta, yerta, espantapájaros, miel, calor, nauseas, estomago insípido, color en las pupilas, cuesta arriba, manos congeladas, válvula tricúspide, onda P, nódulo sinusal, vectores, potencial de hidrogeno, metáforas precisas, complejo de diana, etapas del desarrollo del infante, colorimetría, espacios en blanco, análisis criptorquidicos y una lagrima ahora si completa que acabo por derribarme.

Luego de la noche más larga y anhedonica de estas tres semanas de correr y de alcanzarme; hoy no quisiera volver al trabajo.

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