domingo, 13 de noviembre de 2011

Insulina

Te odio por la nota que dejaste al despertar.

I

Hay que dejar que naden las manecillas,

que se cuarteen las paredes de un reloj

sin péndulo en medio de una plaza

en donde caminas sin mi.

Hay que dejarte seco, enojado, atrincherado,

para que aprendas.

¿Qué voy a decirte de dolor que no sepas?

¿Qué? si te empeñaste en enseñármelo

con puntos, comas y señales.

Tan solo pediste estar un momento a solas.

II

Ella tenia los ojos llenos de vida antes de

conocerte. ¿Qué le hiciste?

Incluso yo los tenia vivos y hambrientos.

Quiero que me digas como haces para hacerme feliz.

Que me expliques porque aprendí tan bien

el oficio de comer almas.

Porque por más que las consumo no parece suficiente.

¿Por qué tenias que enseñarme de la insatisfacción?

III

Ya córtate el pelo. Tienes que regresar justo como a mi me gusta.

Con el cabello exacto, la sonrisa cínica perfecta, la malicia ocular.

Comete las uñas, ¿Qué esperas?

Vamos a llorar como siempre,

a comer almendras en tu mirador privado,

a fumar y a reclamarnos la vida entera.

Nos esperan el cine, los cafes y la utopía.

Las cosquillas, las pelis, la cerveza y la locura.

La contaminación.

¿Por qué fuiste tú el que me llamo Radioactiva por primera vez?

¿Por qué acuñaste tantos términos a mi doctrina?

¿Por qué la pensamos juntos?

¿Por qué sabes leerme la piel y la mente?

¿El corazón?

IV

Cerveza y cintura.

El relieve de tus dientes en mi carne tibia.

Quizá es que me haga falta volver a dormir con tus camisas,

volver a reírme en los mismos cafés.

Quiza es que no nos sirve la luna como espejo.

O solo no supimos inventar la verdad,

armarla, dibujarla, gemirla, cantarla.

Nada supimos hacer y lo (nos) teniamos todo.

Quiza es que solo no puedo disculparme lo suficiente

por no saber cumplir con mi promesa de no amarte para siempre.

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