No me conmueve dios, ni el noticiario, ni el espasmo perpetuo en que te agitas de un lado a otro con tus ojos de péndulo dormido, no me conmueven tus grietas enmohecidas, ni tu cuerpo incompatible, ni el desorden taurino de esta habitación. No me conmueve tu hedonismo impertinente, ni la lluvia que no nos moja en enero, no me conmueve tu asalto, ni tú boca insatisfecha. No me conmueve la escalera, ni el temblor, ni el frio. No me conmueve tu risa, ni tu cara atemporal, ni el componente radioactivo de esta contaminación. No me conmueve tu geometría precisa, ni los núcleos de tus pestañas, no me conmueve tu ternura a ciegas, tu franqueza rota, ni tus noches enlucielavismadas. No lo hace tu espalda adolorida, tus argumentos efectivos, ni la consolidación de tus orgasmos cismados. Me conmueve menos el cinismo con que no me mientes, el rojo repetido de nuestras escenas impensables, el sonido café de la anestesia. No me conmueve tu enlace cromático, tus sensaciones impuestas, tu falsa estabilidad. Me conmueves todo tú cuando a través de una lágrima propia evoco tu sonrisa débil aquella noche en que acariciaste mi pelo y me dijiste como entre sueños que te ayudara a encontrarte.
No me conmueve que escribas con lagrimas rosando por tus mejillas, ni que tus piernas chuecas griten que su color es como la tierra mojada pero lo que si me conmuve es que tus venas sean de agua y no de sangre.
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